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Se acabaron

los cigarros en el quiosco

y la lengua

aún sabe

a paño de mesa de pool

-borgoña o verde-

 de cantina esquinera

que tiene años

de estar absorbiendo

ese humo blanco

en el que se perdieron

todos los robles.

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este año…

                                                                                                            gracias.

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Santiago

Estoy seguro,

que si pudiera,

ni él mismo viviría acá.

Se intentaría escapar.

Correería lejos,

con los ojos cerrados

y el viento escupiéndole en la cara.

Sus pies se alternarían,

entre vereda y calzada.

Correría hacia el desierto,

o el mar,           

o la cordillera.

Adonde sea,

lejos de la casa

de su mamá

al fondo de la calle,

gritándole que vuelva.

Si pudiera,

pero no puede.

Escaparse no funciona,

El cemento es muy pesado

-el gris es muy oscuro-

como parar correr

con él encima.

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Terminó como la mayoría,

o como los que tuvieron suerte.

Sentado en un silla  incómoda que le daba dolor de espalda,

tomando todo el día.

 

Siempre he querido saber que tomaba.

No creo que fuera cerveza,

la cerveza a los alcohólicos no los satisface,

es demasiado suave, su sabor es casi disfrutable.

 

Él tomaba algo más fuerte.

Algo que lo hacía sentir dolor adentro del cuello.

Algo que tenía sabor a grito,

pero que en vez de salir, entraba por la garganta.

 

Estoy seguro que no tomaba cerveza.

Ni vino, el vino es para cumpleaños,

navidad o año nuevo,

cosas así.

 

No se si tomaba ron, vodka

o whisky.

Supongo que el vodka es demasiado claro para él,

entonces tiene que haber sido ron

o whisky.

 

Me lo imagino caminando.

Tambaleándose desde el bar hasta la casa,

en donde no lo esperaba nadie,

solo una ampolleta amarillenta

que se apaga y enciende a placer.

Pensando que eso

qué uno cree transitorio

puede ser definitivo.

 

Tomando desayuno a las tres de la tarde,

con dolor de cabeza incesante

mientras por la ventana,

lo único que se mueve son cactus

de un país que no respeta.

 

Un país que le dio una casa,

pero siempre se negó a darle un hogar.

Llovía demasiado – 8 meses al año –

como para que las plantas pudieran crecer.

El sonido de las gotas en el zinc del techo

anulaba el audio del televisor.


Esta soledad, lo llevó a otros tipos de soledad.

Creo que sentía que nunca se despidió,

que colgó el teléfono demasiado rápido

y lo último que escuchó

fue una palabra a medias.

 

En su funeral sonaron canciones que él nunca cantó.

La ampolleta seguía apagándose y encendiéndose a placer,

mientras los cactus luchaban contra la lluvia en el jardín.

Aunque la lluvia sabía

que iba a perder.

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Septiembre 2011. Santiago, Chile.

Septiembre 2011. Santiago, Chile.